Aunque el frac que compró mi mamá en el mercado Juárez tenía una corbata de moño impresa, la que yo traía sobrepuesta era real. Y me parecía enorme. No obstante, ver la
Carabina de Ambrosio en YouTube, me recuerda que así se usaban en aquel entonces. Sin ser algo tan elaborado como lo que usaba
Chiquidrácula, mi atuendo era más como de un
Eddie Monster, pero con nylon en vez de gamuza; suficiente para salir a la calle a pedir calaverita.
Con mi calabaza medio llena de monedas, rondanas, boletos del metro y todo aquello que los caprichos de lo aleatorio habían puesto ese día en los bolsillos de los transeúntes del barrio, iba camino al Gabis de la Plaza Washington (un pequeño café donde mi familia se ha reunido desde siempre) a contar mis ganancias, cuando vi a una señora emperifolladísima caminar tan aprisa como su bastón le permitía, así que con mi mejor sonrisa, la abordé.
—Seño, ¿No me da mi calaverita?
Me miró de arriba a abajo con sus ojos secos, enterrados bajo una gruesa capa de maquillaje en ruinas, y me respondió con una voz gravísima...