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A propósito del simulacro, Baudrillard alguna vez mencionó la facilidad de acceso a la tecnología como uno de los mayores escollos para la creación artística. Hasta el siglo pasado, el desarrollo tecnológico ocurría a un ritmo que permitía al arte adaptarse a sus formas, y modificar su lenguaje para permitirse nuevas propuestas. Cuando el Daguerrotipo se hizo popular y la gente comenzó a tomarse fotos, los retratistas al óleo temieron la devaluación de su talento; algunos tecnócratas incipientes vaticinaron incluso la desaparición de la pintura. No contaban con la astucia de Picasso, Kandinsky, o Klee, desde luego.
Durante una representación teatral, un ballet chino escenifica la nave
Victoria durante una tormenta; una sola, mínima bailarina, se mueve como empujada por las caprichosas olas, y ondeando una manta de seda con sus manos, nos transmite la furia del viento que azota las velas. Los espectadores están inmersos en el drama; el destino es incierto. Es fácil imaginar el resultado si esta misma historia fuese contada con los excesos
Holliwoodenses; escenarios hiperreales, construídos y supervisados con máximo detalle; secuencias superproducidas con exactitud en milisegundos, inversiones millonarias recuperadas con éxito. A veces, y con algo de suerte, eligen una buena historia como pretexto para semejante derroche de recursos. A veces, todo sale mal, y ocurren cosas como
Avatar, de James Cameron...