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13 marzo 2010
(por Genrus )

¿Piratear o compartir?

Yo no compro copias. No me gusta; va contra mis principios.


Pero está lejos de ser por alguna cuestión de moral mal entendida; no es porque quiera evitar sentirme aludido con los ridículos spots de tenemos un papá pidata. Porque para empezar, el término "pirata", fue hábilmente sacado de contexto por los dueños de la industria, para criminalizar a quienes se dedican a vender copias de sus productos. Llevaron un esfuerzo legítimo por defender sus intereses al límite de lo creíble. Pasaron de alegar lo justo, a hacerse pasar por víctimas. Recurrieron al chantaje, al sinsentido, y a cualquier cantidad de tretas semánticas que volvieron su argumento insostenible.

13 febrero 2010
(por Genrus )

El final de La Sirenita de Andersen » »

—Mañana iré a la ciudad. ¿Qué quieren que les traiga?— Las hijas de su nueva mujer piden vestidos, joyas y accesorios; su hija, simplemente una ramita. A su regreso, mientras las hermanas se prueban sus vestidos, la pequeña siembra la ramita en la tumba de su madre, y ésta florece hasta convertirse en un hermoso árbol, al cual la niña le cuenta todas sus penas. A veces, se aparece un pájaro blanco que le cumple algunos deseos.

¿
Cómo un árbol y un pájaro blanco se convierten en una señora regordeta con capa azul que canta 'divi-divadi-dibú'? Cenicenta es el arquetipo de los cuentos —precisamente— de hadas. Las historias van modificándose según la tradición oral, o los caprichos de la multinacional del entretenimiento que los retrate.

Muchos de los cuentos para niños, son pasteurizados para quitarles el peso de una violencia a veces no sólo innecesaria, sino inadmisible para esta época: Es decir, no es necesario sacar a la abuela de Caperucita del estómago del lobo; basta con decir que no la engulló, sino que la escondió en el armario. Criticar a los guionistas de Disney es un lugar demasiado común. Pero el modo en como empobrecen La Sirenita de Andersen, es de llamar la atención.


06 febrero 2010
(por Genrus )

Avatar: ese vituperio narrativo millonario. » »

A propósito del simulacro, Baudrillard alguna vez mencionó la facilidad de acceso a la tecnología como uno de los mayores escollos para la creación artística. Hasta el siglo pasado, el desarrollo tecnológico ocurría a un ritmo que permitía al arte adaptarse a sus formas, y modificar su lenguaje para permitirse nuevas propuestas. Cuando el Daguerrotipo se hizo popular y la gente comenzó a tomarse fotos, los retratistas al óleo temieron la devaluación de su talento; algunos tecnócratas incipientes vaticinaron incluso la desaparición de la pintura. No contaban con la astucia de Picasso, Kandinsky, o Klee, desde luego.

Durante una representación teatral, un ballet chino escenifica la nave Victoria durante una tormenta; una sola, mínima bailarina, se mueve como empujada por las caprichosas olas, y ondeando una manta de seda con sus manos, nos transmite la furia del viento que azota las velas. Los espectadores están inmersos en el drama; el destino es incierto. Es fácil imaginar el resultado si esta misma historia fuese contada con los excesos Holliwoodenses; escenarios hiperreales, construídos y supervisados con máximo detalle; secuencias superproducidas con exactitud en milisegundos, inversiones millonarias recuperadas con éxito. A veces, y con algo de suerte, eligen una buena historia como pretexto para semejante derroche de recursos. A veces, todo sale mal, y ocurren cosas como Avatar, de James Cameron...